viernes, 28 de junio de 2013
AMIGOS VISITANTES
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viernes, 11 de enero de 2013
A CUATRO AÑOS DEL QUINTO CENTENARIO DE LA REFORMA
Estamos a poco más de diez años de la celebración del quinto centenario del inicio de la Reforma Protestante (En los momentos de publicado este artículo en el año 2006). Históricamente hablando, a un paso. Sin duda, las distintas Iglesias cristianas, al menos las institucionalmente más importantes, han de estar ya comenzando a “calentar motores” para tal efemérides. Acontecimientos como estos, que ocurren una o dos veces al milenio, no se dejan escapar, ni se improvisa su conmemoración en un día. Siguiendo un orden lógico de proceder, los órganos de gobierno más importantes de las iglesias se estarán ya asesorando con las “cabezas pensantes” de cada confesión participantes en el llamado “dialogo ecuménico”, que son los que disponen de la información necesaria para hacerse una idea lo más cercana posible a la realidad del momento que el cristianismo, en el sentido más amplio de la palabra, está viviendo. No sería, por tanto, de extrañar que se aprovechara la ocasión para hacer conseguir algún tipo de operación histórica tendente a la superación definitiva de las divisiones seculares entre las iglesias. Porque, en nuestros días de diálogo ecuménico e interreligioso, de acercamiento institucional y doctrinal sin precedentes entre las distintas confesiones, de globalización acelerada del universo económica, cultural y políticamente, ¿que sentido tiene celebrar la Reforma, sino es para celebrar que ha sido ya superada?
Está claro que la superación de la Reforma no puede presentarse de manera que los que se declaran hijos de ella, los evangélicos, la nieguen, o renieguen de ella. Ello significaría que hay vencedores y vencidos. Ello supondría reconocer que los evangélicos somos algo así como un error de la Historia. Y, según nuestra moderna manera de pensar, no hay errores históricos. Todo en la Historia tiene su razón de ser, y todo tiende hacia el bien último de la Humanidad, si es que se aprovecha lo que de positivo tiene. La clave, por tanto, está en decidir qué es lo que se considera positivo, lo que hay que retener e integrar en el, llamémosle así, “bien mayor común”. ¿Y cuál sería lo positivo de la Reforma? Sin duda, identificarla con la libertad de pensamiento del individuo frente a los dogmatismos de la Iglesia-institución, que serían siempre productos del momento histórico en que se vive. Así se ha identificado a Lutero, a uno y otro lado de la Reforma, al menos durante los últimos doscientos años. La Reforma, por tanto, sería el padre, o la madre, de la Ilustración. Y ello ya no causa problemas a la Iglesia del Concilio Vaticano II. Se puede, por tanto, asumir, asimilar, por cuanto ya habría dejado de ser antagónica.
El problema con este discurso revisionista de la Reforma es que no se corresponde
con lo que la Reforma fue, ni lo que fue su “motor espiritual”. La Reforma no fue un movimiento optimista acerca del hombre, como lo es el humanismo liberal. La Reforma, iniciada por Lutero en Alemania, continuada por Zuinglio, Bucero, Bullinger, Calvino, Beza en Suiza, proclamada luego en las confesiones de fe de Francia, Países Bajos, Reino Unido, etc., tenía una visión profundamente (¡bíblicamente!) pesimista del hombre. Baste considerar las últimas palabras escritas de Lutero: “Todos somos mendigos. Esto es la verdad”. O que Calvino, en su Institución de la Religión Cristiana, lo primero que escribe es que, para conocer a Dios, es necesario conocerse a sí mismo, lo cual significa conocer el estado de gran miseria en el que uno se encuentra.
La Reforma, por tanto, no fue, o no lo fue esencialmente, el enfrentamiento de la conciencia del individuo frente a la institución de la Iglesia. Ello demanda una fe en el individuo de la que la Reforma, sin ningún género de dudas, carecía por completo. Ello significa, asimismo, arrinconar a la Reforma como si fuera algo simplemente individual y personal de sus protagonistas, por lo que no sería, por lo tanto, nada esencial a la Iglesia de Jesucristo. Así se la ha considerado durante siglos por los que la han denigrado. Según ellos, por encima de los personalismos de Lutero, Calvino, etc., la Iglesia “de verdad” seguiría estando de su lado, la cual, en la actualidad, estaría dispuesta a comprender, e incluso llegar a perdonar, todas estas expresiones personales de fastidio por lo humano, a condición de que no se consideren a sí mismas, ni se las considere, como la verdadera doctrina bíblica del hombre.
Por tanto, si se quiere empezar a entender la Reforma, simpatizar o llegar a familiarizarse con lo que es y representa, se ha de comenzar precisamente por este punto primordial: La Reforma significa, por encima de todo, el desvanecimiento del hombre delante Dios. El hombre y Dios no son dos iguales, ni se encuentran en un plano de igualdad. El hombre no tiene derechos para con Dios. El Dios eterno e infinito está infinitamente exaltado por encima de todas sus criaturas. El hombre no puede llegar jamás a Dios, a no ser que Dios venga a Él primero, y consienta en tratar con él. Así es desde el principio. El hombre, además, y también desde el principio, no es neutro ante Dios. Es culpable, está lleno de miseria, arrastra la culpa del primero de los hombres, la cual pasa a interiorizar, porque él también es pecador. “El designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5), lo cual le lleva a exclamar como Pablo: “Miserable hombre de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).
Ver el mundo así, sin excepción, y verse de esta manera, genera, en el espíritu de la Reforma, una respuesta concreta en el hombre. En la mentalidad humanista, antigua o moderna, esta ruina sin remedio del hombre llevaría a la más completa desesperación. En la Reforma, por el contrario, no es así. Siguiendo a la Biblia, la Reforma sitúa en la cima del mundo a Dios, quien dirige soberanamente todos los caminos de los hombres. “Jehová mata, y Él da vida; Él hace descender al sepulcro, y hace subir. Jehová empobrece, y Él enriquece; abate y enaltece” (I Samuel 2:6-7).
Los corazones de los hombres están es sus manos como los repartimientos de las aguas: los inclina a todo lo que Él quiere (Proverbios 21:1). Suya es incluso la respuesta de la lengua (Proverbios 16:1). Por lo tanto, es sabio temer a Dios. Él puede entregarnos en manos de nuestras propias acciones, en pago de nuestros pecados. Como Dios tiene igualmente poder para librarnos de ellas. El temor de Dios es el principio de la sabiduría, y a ella están unidos tanto el bien en esta vida, como en la venidera.
Pero, sobretodo, la percepción del profundo mal humano, empezando por el de uno mismo, lleva en la Reforma a la exaltación de la gracia de Dios. El hombre se encuentra en Jesucristo con la gracia de Dios, una gracia que es plenamente gracia, por lo tanto inmerecida, por cuanto la gracia de Dios es la persona misma de Jesucristo, y lo único que hace es contemplar confiadamente a Jesucristo como el autor y el consumador de la fe (Hebreos 12:2). Jesucristo es el principio y el fin, el Alfa y el Omega, Él es el todo de la salvación. Por ello Jesucristo es el único Mediador de los hombres ante Dios (I Timoteo 2:5). Pero no un Mediador lejano e inaccesible, para el que necesitamos el concurso de otras ayudas, sino que mora en el que tiene fe en Él. “Si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia” (Romanos 8:10). Hasta el punto de poder decir “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20) y “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14).
¿Es todo esto una expresión personal, circunstancial, relativa de la fe cristiana? ¿O un delirio de los reformadores, anatemizado con justicia por la Iglesia en su día? ¿O es más bien la expresión de la fe de la Iglesia, de la fe católica, la de todo aquel que ha sido redimido por Jesucristo?
Por supuesto, la Reforma ha respondido a estas preguntas de manera inequívoca. No por la defensa de su nombre propio, o el de cualquiera de los que la han defendido, sino por encima de todo por el honor debido a Dios y la defensa de Su verdad, considerando que es la posición contraria la que sustrae la gloria a Dios, y sitúa al hombre en Su lugar, en concreto a la Iglesia como institución. No que la Iglesia institucional, o Iglesia visible, no tengan importancia para ella. Al contrario. Como está ligada al Señor por los votos del bautismo (la Alianza de gracia) la Iglesia ha de ser fiel a Dios cueste lo que cueste. Si la verdad de Dios está en entredicho, la verdad de Dios ha de vencer. Y de hecho, vence, con o sin nosotros. Si callamos nosotros, las piedras clamarán.
Y esto es lo que trajo en su día la Reforma, hace casi quinientos años. Esto es lo que la mantiene viva, allá donde ella todavía perdura, aun entre aquellos que de nombre se consideran sus herederos. Sí, incluso dentro de las iglesias evangélicas, es difícil encontrarse con este estado de espíritu. Nos hemos acomodado tanto a la mentalidad ambiente, que hemos sustituido el espíritu de la Reforma por meras estrategias humanas, aunque sean con el fin de ganar al mundo para Cristo. Y hace casi quinientos años, ella no fue el resultado de ningún plan premeditado, ni fue el medio para conseguir ningún bien mayor. Sino que fue la expresión de su misma presencia, que reclama el lugar que le es suyo en la Iglesia.
Tomado de: En la Calle Recta, nº 202 (sept.-oct. 2006), pp. 9-11 En: Academia de Teología Reformada
domingo, 26 de agosto de 2012
HIMNO: DÍA TAN GRANDE
DÍA TAN GRANDE
Letra: John W. PetersonMúsica: Roberto H. Dalke
Traduc: John W. Peterson
I
Día tan grande no puedo olvidar,
Día de gozo sin par.
Cuando en tinieblas al verme andar,
Vino a salvarme el Señor.
Gran compasión tuvo Cristo de mí,
De gozo y paz me llenó.
Quitó las sombras, Oh, gloria a su nombre,
La noche en día cambió.
CORO
Dios descendió, y de gloria me llenó;
Cuando Jesús por gracia me salvó.
Fui ciego, me hizo ver, y en Él renacer.
Dios descendió, y de gloria me llenó
II
Nací de nuevo, en virtud de Jesús;
A la familia de Dios.
Justificado por Cristo el Señor,
Gozo la gran redención.
Bendito sea mi Padre y Dios,
Que cuando vine con fe,
Fui adoptado por Cristo el Amado.
Loores por siempre daré.
III
Tengo esperanza de gloria eternal;
Me regocijo en Jesús.
Me ha preparado un bello lugar,
En la mansión celestial. Siempre recuerdo con fe y gratitud,
Al contemplarle en la cruz,
Que sus heridas me dieron la vida;
Alabo al bendito Jesús.
jueves, 3 de mayo de 2012
VIDA DESPUES DE LA MUERTE
La existencia de la vida después de la muerte es una pregunta universalmente hecha por la humanidad. Job habló por todos nosotros cuando preguntó, “El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece...si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:1-2, 14).
Como Job, casi todos nosotros hemos sido desafiados por esta pregunta. ¿Qué exactamente nos sucede después de morir? ¿Dejamos de existir simplemente? ¿Es la vida una puerta giratoria de la que se sale y se regresa a la tierra a fin de alcanzar la grandeza personal? ¿Van todos al mismo lugar, o vamos a diferentes lugares? ¿Hay realmente un cielo y un infierno?
La Biblia nos dice que no solamente hay vida después de la muerte, sino que hay una vida eterna tan gloriosa que “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1ª Corintios 2:9). Jesucristo, Dios encarnado, vino a la tierra para darnos este don de la vida eterna. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
Jesús asumió el castigo que cada uno de nosotros merecemos, y sacrificó su vida misma. Tres días después, Él se mostró victorioso sobre la muerte al levantarse de la tumba. Permaneció sobre la tierra por cuarenta días y fue visto por miles de personas antes de ascender al cielo. Romanos 4:25 dice, “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.”
La resurrección de Cristo fue un evento bien documentado. El Apóstol Pablo desafió a la gente a cuestionar a los testigos oculares de la validez de la resurrección, y nadie fue capaz de impugnar esta verdad. La resurrección es la piedra angular de la fe Cristiana; porque Cristo resucitó de la muerte, podemos tener fe de que también seremos resucitados.
La resurrección de Jesucristo es la prueba definitiva de la vida después de la muerte. Cristo fue solamente el primero en una gran cosecha de personas que serán resucitadas nuevamente a la vida. La muerte física vino a través de un hombre, Adán, con quien todos estamos relacionados. Pero todos los que hemos sido adoptados en la familia de Dios a través de la fe en Jesucristo, recibiremos vida nueva (1ª Corintios 15:20-22). Así como Dios levantó el cuerpo de Jesús, así nuestros cuerpos serán resucitados cuando vuelva Jesús (1ª Corintios 6:14).
Aunque eventualmente todos resucitaremos, no todos irán al cielo. En esta vida, cada persona debe tomar una decisión, y esto determinará su destino eterno. La Biblia dice que está establecido para nosotros morir una sola vez, y después de eso viene el juicio (Hebreos 9:27). Aquellos que han sido hechos justos por la fe en Cristo irán a la vida eterna en el cielo, pero los que rechazan a Cristo como su Salvador serán enviados al castigo eterno del infierno (Mateo 25:46).
El infierno, al igual que el cielo, no es solamente un estado de existencia, sino un lugar literal y muy real. Es un lugar en donde los injustos experimentarán la eterna ira de Dios sin fin. Ellos soportarán tormentos emocionales, mentales y físicos, sufriendo conscientemente de la vergüenza, remordimiento y desprecio. El infierno se describe como un abismo interminable (Lucas 8:31, Apocalipsis 9:1), y un lago de fuego, que arde con sulfuro, en donde los habitantes serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (Apocalipsis 20:10). En el infierno, habrá el lloro y el crujir de dientes, dando inicio a pena intensa y cólera (Mateo 13:42). Este es un lugar “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:48).
Dios no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva de su camino malvado para que viva (Ezequiel 33:11). Pero Dios no va a forzarnos a la sumisión. Si escogemos rechazarlo, Él acepta nuestra decisión de vivir apartados de Él eternamente. La vida sobre la tierra es una prueba – una preparación para lo que ha de venir. Para los creyentes, es la vida eterna en la presencia inmediata de Dios. Para los incrédulos, la vida después de la muerte es una eternidad en el lago de fuego.
Entonces, ¿cómo podemos recibir la vida eterna y evitar una eternidad en el lago de fuego? Hay solamente una manera – a través de la fe y confianza en Jesucristo. Jesús dijo, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá, Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…” (Juan 11: 25-26).
El don gratuito de la vida eterna está disponible para todos. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). No nos será dada la oportunidad de recibir el regalo divino de la vida eterna después de la muerte. Nuestro destino eterno es determinado durante la vida aquí en la tierra, por nuestra recepción o rechazo de Jesucristo. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.” (2 Corintios 6:2) Si confiamos en la muerte de Jesucristo como el pago por nuestro pecado contra Dios, se nos garantiza no solamente una vida significativa sobre la tierra, sino también vida eterna después de la muerte en la presencia gloriosa de Cristo.
Por Gotquestions
martes, 3 de enero de 2012
¿Son castigados los hijos por los pecados de los padres?

Ni los hijos son castigados por los pecados cometidos por sus padres; ni los padres son castigados por los pecados de sus hijos. Cada uno es responsable por sus propios pecados. Ezequiel 18:20 nos dice, “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo.” Este verso muestra claramente que el castigo por los pecados de una persona, es asumido por ella misma.
Hay un verso que, cuando es malentendido, ha llevado a algunos a creer que la Biblia enseña que el castigo por el pecado es inter-generacional, pero esta interpretación es incorrecta. El verso en cuestión es Éxodo 20:5, el cual declara con referencia a los ídolos: “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque Yo Soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen.” Este verso está hablando no de castigo, sino de consecuencias. Está diciendo que las consecuencias de los pecados de un hombre, pueden repercutir en generaciones posteriores. Dios estaba diciéndoles a los israelitas que sus hijos sentirían el impacto de la generación de sus padres, como una consecuencia natural de esta desobediencia, de su aborrecimiento a Dios. Los hijos que crecían en tal ambiente, practicarían de igual modo la idolatría, cayendo en el preestablecido patrón de desobediencia. El efecto de una generación desobediente, plantaba la maldad tan profundamente, que tomaba varias generaciones para revertirla. Dios no nos responsabiliza por los pecados de nuestros padres, pero a veces sufrimos como resultado de los pecados que cometieron nuestros padres, como lo ilustra Éxodo 20:5.
Como enseña Ezequiel 18:20, cada uno es responsable por sus propios pecados y debe cargar con el castigo por ellos. No podemos compartir nuestra culpa con otros, ni los otros pueden ser responsables por ellos. Sin embargo, existe una excepción a esta regla, y es aplicable a toda la humanidad. Un Hombre puede cargar los pecados de otros y pagar el castigo por ellos, para que los pecadores sean totalmente justos y puros a los ojos de Dios. Ese Hombre es Jesucristo. Porque Dios envió a Jesús al mundo para intercambiar Su perfección por nuestros pecados. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2 Corintios 5:21). Sólo Jesucristo puede quitar el castigo por los pecados de aquellos que acuden a Él en fe.
Por Got questions
jueves, 15 de septiembre de 2011
Himno Castillo Fuerte

Una de las cosas que habían estado fuera del alcance del pueblo desde el siglo VI era el cántico congregacional. Para Lutero cada creyente era un sacerdote con pleno acceso a la presencia de Dios, y capaz por ende de ofrecer cánticos y oraciones directamente a su Señor. Procuró poner algunos salmos en un lenguaje que fuera de fácil comprensión para los creyentes cantar. Era una forma de mantener viva la Palabra en el corazón de los hermanos. Lutero llegó a expresar: “El diablo aborrece la música porque no puede soportar la alegría. Satanás puede sonreír, pero no puede reír; puede mostrar una risa de desprecio, pero no puede cantar.”
“A Lutero pertenece el extraordinario mérito de haber dado la Biblia al pueblo alemán en su propio idioma (una obra maestra de traducción), el catecismo y el himnario, de modo que Dios pudiera hablarles directamente en su Palabra, y ellos pudieran responderle directamente con sus canciones” (Philip Schaff).
Su himno mejor conocido es Castillo Fuerte, una paráfrasis del Salmo 46, llamado “la Marsellesa de la Reforma”.
¿Cuánto fue escrito? “Probablemente Martín Lutero lo escribió para el tiempo cuando los líderes evangélicos estaban entregando su protesta contra el ataque hacia sus libertades en la Dieta de Speyer. E incidentalmente, el significado de la palabra protestante se derivó sin dudas de ese encuentro en el que estos líderes entregaron su protesta” (William & Ardythe Petersen, The Complete Book of Hymns, p. 370). Querían mantenerse inconmovibles de la postura de servir a Dios conforme a su Palabra y no conforme a las tradiciones de los hombres, y con tanta oposición, esto sólo podía llevarse a cabo amparados bajo la sombra del Omnipotente.
Recibió muchas amenazas y libró intensas batallas espirituales por la causa de Jesucristo. Y para esto, su amparo no fue ningún otro que el Castillo Fuerte de su Dios.
“El eterno Dios es tu refugio” (Deut. 33:27).
“Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste” (2 Sam. 22:2-3).
“Éstos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria (Sal. 20:7).
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza” (Sal. 46:1-3).
“La verdad es que el genio de este hombre, con la ayuda de Dios, había forjado una nueva y poderosa arma de la Fe, y las conquistas obtenidas por ella fueron incalculables. Grandes masas de personas, con los himnos y las melodías de Lutero en sus labios, se introdujeron por medio del canto en el creo de la reforma prostestante” (Elsie Houghton, Classic Christian Hymn-Writers, p.29).
Sin lugar a dudas, Martín Lutero hizo una contribución formidable para volver a colocar el cántico congregacional en su justo lugar en la adoración. Muchos otros siguieron luego sus pasos, inspirados en la obra de este gran reformador. ¡Gracias, Señor, por el aporte que tu siervo Lutero hizo a tu pueblo!
Por Salvador Gomez Dickson
viernes, 22 de abril de 2011
Iesus Nazarenus Rex Iodorum

En primer lugar, tal y como describen los Evangelios, los reos de muerte eran flagelados. Los romanos utilizaban tres grados de dureza en la flagelación con látigo, así, la más dura era para los reos de muerte. Luego le cargaban el travesaño a la espalda y le hacían llevarlo hasta el lugar de la ejecución, donde el madero vertical estaba clavado de manera fija, esperando a su víctima. El hombre era tendido en el suelo boca arriba y sus brazos clavados al travesaño (no podían clavarles las palmas de las manos porque el peso desgarraría la carne fácilmente, por eso se clavaban los brazos del reo por debajo de las muñecas, entre los dos huesos del antebrazo: el cúbito y el radio). Entonces se subía el travesaño y se fijaba al madero vertical. El reo estaba de pie y podía apoyarse en un listón de madera que servía de asiento. Le subían las piernas y le clavaban los talones al madero. El examen de los clavos ha demostrado que el clavo atravesaba antes un trozo de madera de acacia o almendro para fijarse mejor. En este caso concreto, el clavo se había fijado a los huesos de los talones de tal modo que para descolgar al reo tuvieron que cortarle uno de los pies. Todo el peso del cuerpo quedaba colgado de los brazos, por lo que el cuerpo tiraba hacia abajo y los clavos iban desgarrando la carne de los antebrazos hasta que los huesos de las muñecas frenaban el descenso y el hombre comenzaba una agonía que podía durar horas y horas hasta que fallecía por asfixia entre horribles sufrimientos. Por encima de su cabeza se clavaba un cartel donde se daba cuenta de los crímenes cometidos por el reo. En el caso de Jesús el cartel decía en latín: Iesus Nazarenus Rex Iodorum: Jesús de Nazaret Rey de los Judíos, cuya conocida abreviatura es INRI.
Como medida de gracia, los soldados que llevaban a cabo esta espantosa ceremonia, podían partirle las piernas a golpes para acelerar su muerte, tal y como demuestra el examen médico de estos huesos donde el ángulo de la fractura es clave para determinar la postura exacta del reo en la cruz. Los huesos de Giv´at ha-Mitvar, que probablemente pertenezcan a un zelote que combatió a los romanos nos muestran heridas atroces que testimonian el completo desprecio por la vida que reinaba entonces y aún ahora en muchas naciones.
Por Historialago
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